Luego de esperar casi once años, decidí intentar nuevamente aquello que quedó trunco por las circunstancias; una planificación todavía rudimentaria, propia de mis primeros años.
La oportunidad se me presentaba ideal. La coyuntura climática era ambigua, propia de la transición estacional, y el entusiasmo de los compañeros iba acorde con su buen estado físico.
Llego el día: La reunión es en el informal paradero de Canadá con Circunvalación, ahora reubicado dos cuadras más hacia la Av. Javier Prado. Es sábado, 5:45 de la tarde. Somos siete los aventureros exploradores de lo ancestral: Hilda, Juan, Raúl, Carlos, Nardi, Francisco y Yo. Todavía faltan Pocho, Phyllis y Arturo. Ellos nos alcanzarán mañana en Calango.
Llegada a Calango. 305 metros sobre el nivel del mar y en pleno valle del río Mala. Son las 9 de la noche. Buena hora, aunque un poco tarde para cenar un reconstituyente caldo de gallina, proveedor ingente de lípidos y carbohidratos. La digestión va a ser algo lenta como para irse a dormir pronto, pero nuestra necesidad de descansar para la dura empresa del día siguiente nos lleva directo al hospedaje.
Domingo 18 de abril, 6:45 AM Cronómetros a cero. Los aventureros faltantes ya están en la plaza del pueblo y empezamos el camino hacia donde, según mis investigaciones, había nacido nuestro reverenciado Apu Pariaqaqa: El Cerro Vilcacoto o Condorcoto.
El trayecto inicial se realiza ingresando por una amplia quebrada que desemboca en el río Mala; su cauce seco esta cubierto de rocas dispersas de todo tamaño; estas son una demostración de la magnitud telúrica del evento climático conocido como El Fenómeno de El Niño.
Va culminando la primera hora de recorrido y el calor ya produce sus consecuencias: Nuestros fatigados cuerpos requieren de un breve lapso para recuperar e hidratarse, y ni siquiera ha salida el sol! A pesar de las iniciales circunstancias la mayoría de nosotros esta alegre y vehemente; se hacen bromas y nos reímos con ganas. Todavía falta algo de diez kilómetros de empinado ascenso.
La sensación de agrado y seguridad de la casi plana quebrada se acaba, cambiándola por una fina arista de tierra y piedras pequeñas. El grupo comienza a sufrir un ligero desmembramiento: Pocho y Phyllis, que no están muy habituados a estos trajines, han quedado algo retrasados. Nuevo descanso y el grupo continúa su buen ánimo. Comemos parte de nuestra merienda para reponer las energías perdidas.
Tercera serie: El cerro Vilcacoto aparece en el horizonte. Su pétrea silueta de montaña, a lo “Karakorum”, subyuga a los excursionistas, y no es para menos, pues nos separan todavía desde este punto más de 1200 metros de desnivel. Como una misteriosa casualidad se nos cruza en el camino una ágil serpiente: ésta casi ha pasado sobre los botines de Hilda, y Pocho dice: “Es el Amaru!” como parafraseando el mito de Pariaqaqa.
Luego de ésta curiosa anécdota, nuevamente el camino nos lleva a la quebrada. Notamos que hemos sorteado un sector de ella compuesto por una sucesión de placas de roca lisa, a manera de continuas cascadas. Imposible ascender por ahí sin la seguridad de cuerdas y equipo para escalada. Otra vez es momento de descanso, y ahora sí el grupo está definitivamente fragmentado. Francisco, Nardi y Juan se han adelantado mucho, y no llevan radios, por lo que una creciente inquietud nos lleva a descansar menos tiempo del acostumbrado.
La quebrada ahora es casi plana, son sus tramos finales, pero otra vez su compañía es efímera; tomamos una inicialmente resbalosa arista; es la que nos va a llevar al derrotero de nuestras ilusiones, y no podemos mas que mirar hacia delante. El cansancio va produciendo sus muertos y heridos. Es mediodía y el sol cae casi perpendicularmente sobre nuestras cabezas. Pocho, Phyllis y Arturo llaman por la radio pidiendo chepa. La pendiente se ha puesto muy dura y van a tratar, tal vez, de continuar pero a su ritmo. Media hora más tarde avisan que no van más y emprenden el retorno, mientras nosotros seguimos terca y obstinadamente contra ese extraño conglomerado de roca, tierra y polvo.
El paisaje ha sufrido una mutación surrealista; ya no hay cerros que flanqueen muestras miradas, y solo se yergue el Vilcacoto, con unas nubes ralas sobre su cumbre, como simulando una mascaypacha. Más a la derecha de nuestra posición, en otra arista, aparecen Nardi y Juan; vienen subiendo con prisa y Yo, que he quedado solo, me apuro en darles alcance. La comunicación radial se hace cada vez más frecuente, pues ya no esperamos estar todos reunidos para descansar; hay mucha distancia y el tiempo nos queda corto para dar el asalto final.
Último descanso y estoy solo con Juan y Nardi, ésta última me dice que no se siente bien, pero que va a seguir. Todavía frente a nosotros está lo que será el último escollo para llegar a la cumbre: un espolón de roca descompuesta; detritos ígneos que declaran el origen volcánico del lugar. Por la radio los compañeros avisan que están ya cerca nuestro; Pocho se comunica y nos pide que le llamemos cuando estemos en la cima, va a intentar captarnos con su cámara fotográfica haciendo un zoom desde la quebrada.
Son las dos de la tarde y nos encontramos con Francisco en el hito militar del cerro Vilcacoto ¡Cumbre! Estamos a 2442 metros de altitud y la vista desde aquí es más que impresionante: Por un lado se ven las espumosas orillas de las playas de Puerto Viejo y Chilca, la quebrada del mismo nombre, el valle de Mala. Por otro lado vemos la Cordillera de los Andes, con sus helados picachos sobresaliendo en un horizonte de blanquecinas nubes. Poco a poco van llegando los compañeros, mientras pienso que lugares que reúnan las características de éste peculiar cerro no deben haber muchos. Su sola imagen vista a pocos kilómetros de la ciudad de Lima nos da una señal de la importancia que debió haber tenido en tiempos prehispánicos.
Son las 8 de la noche, la quebrada luce como un telón luego de acabada la función, y en realidad esta figura es la correcta pues ya estamos de vuelta en Calango. Un ligero pero sonoro temblor de tierra nos da la bienvenida en plena plaza de armas. Luego de un rato llegan los últimos compañeros, están demolidos pero con una alegría patológica que solo entendemos los que hemos estado arriba. “Es tarde señor”- Nos dice un joven refiriéndose a que no vamos a encontrar movilidad de retorno, pero nuestra siempre infaltable dosis de suerte aparece y logramos salir a la carretera Panamericana Sur. En menos tiempo de lo previsto estamos en Lima, casi sin poder creer este bizarro periplo; conseguir un sueño de años...